Dios esta esperando que le permitas cambiar tu vida…

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Portadores de la verdad (1)

¿SE ATREVERÍA A ENAMORARSE?

AIGE

¿Se Atrevería a Enamorarse?
Próxima estación, el amor…

¿Alguna vez te has imaginado estar en el lugar que siempre soñaste? ¿Has disfrutado la experiencia del camino hacia dicho lugar? Para muchos, el amor es eso que siempre han anhelado, sin embargo pocos llegan a conocerlo en su plenitud. Si bien es cierto, el amor no está diseñado para un grupo selecto de personas o con ciertos beneficios, pero, ¿por qué no todos tienen el mejor concepto del amor? ¿Por qué algunos reniegan de la malicia que prevalece en el amor?

Hoy, quiero hablarte acerca de algunos beneficios prácticos que contrae el amor en sus diferentes sentidos y de la importancia que tiene el cambiar nuestro meditar en él.

1.- Conlleva vida. Amar y ser amado, renueva, restaura y sana. Es impresionante la manera en la que uno se siente diferente, poniendo en práctica el tomar la decisión de amar. El amor es capaz de hacer nacer algo que quizá, ya habíamos dado por perdido.

2.- Brinda una nueva vista. Cuando se está enamorado, todo el panorama cambia. Sin duda alguna, lo malo o pesimista en el diario caminar, toma un nuevo rumbo hacia la sonrisa y el saber que más allá de todo, hay esperanza.

3.- Da seguridad. El saber que existe alguien en el planeta que nos ama y que estaría dispuesto(a) a dar su vida por nosotros y hacer hasta lo imposible por vernos feliz; es sumamente hermoso. Nada se compara, con estar seguros en el amor y, tener la certeza de que, alguien piensa, sueña, llora y ríe con o en nosotros.

4.- Te vuelve loco. ¿Alguna vez has hecho algo que jamás imaginaste por aquella persona que amas? ¿Verdad que se siente bien? Uno por amor hace cualquier cosa y, entendiendo que el amor también es razonable, no podemos olvidar esa iniciativa de perder la noción por aquella persona que se ha adueñado de cada pensamiento. El amor es, una charla entre la mente y el corazón.

5.- Hace de ti una mejor versión. El buen amor, el amor que es sincero y eterno, es aquel que produce una sensación de querer siempre dar algo mejor de ti. El amor que florece, siempre irá acompañado de un corazón noble y lleno de fe.

6.- Cambia tu semblante. ¿Te has dado cuenta de que las personas notan un cambio en ti cuando estás enamorado(a)? ¿Has escuchado expresiones como, ¡que hermosa te ves!, ¡te ves radiante!? Sin duda, el amor y todo aquello que percibimos en nuestro interior, trae consigo un reflejo claro y preciso hacia el exterior y se puede apreciar en gran manera.

Estos son solo algunos puntos a favor que encontramos en el amor. Quizá puedas pensar que no siempre se gana ni se experimenta todo esto y tienes razón, sin embargo, todos fuimos creados y diseñados para amar y ser amados, pues esa es la necesidad más grande que tenemos aunque no lo distingamos o aceptemos.

Aunque podrás encontrar algún dato que te indique que debes amar en todo tiempo, en caso del amor de parejas antes de la manifestación del mismo, se debe tomar en cuenta lo dicho por el sabio de los sabios “Salomón”, En Eclesiastes (3:1) Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: y (3:8) tiempo de amar y tiempo de aborrecer, tiempo de guerra, y tiempo de paz. Así que antes de emprender el vuelo, confirmemos con nuestro Dios si es nuestro tiempo. Lo que ha de ser sera, no hay porque forzar las cosas, espera confiado y a su tiempo recibirás lo que se diseño para ti.

Concluyo con esta frase: “En el amor, el corazón se vuelve vulnerable, es por ello que, debemos de ser valientes y esforzados para vivirlo y hacerlo nuestro”.

!Dios te bendiga!

“LO QUE LLAMA LA ATENCION DE UN JOVEN CRISTIANO”

esperar22

Lo que llama la atención de un joven cristiano
(Daniel 6:1-16)

Encontré esto por ahí y me pareció interesante, lo comparto con ustedes… (más…)

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Portada

LA LEY DE LA ONDULACIÓN ¿QUE ES ESTO?

La ley de la ondulación 

ondu

(cartas del diablo a su sobrino)

Para todos los fumadores que alguna vez han intentado seriamente dejar de serlo, la ley de la ondulación les parecerá familiar y tristemente verdadero. ¿No les ha hablado nadie nunca de la ley de la Ondulación? esta bien, confieso que fue en estos escritos fue en donde escuche por primera vez el termino.

La ley de la ondulación no es otra cosa que una explicación simple y lúcida de la inconsistencia humana. Sin embargo, no procede de la psicología ni del estudio académico de las ciencias del comportamiento. Proviene de los sabios consejos que el demonio Escrutopo regala a su sobrino Orugario para lograr la perdición de las almas. C.S Lewis, (autor también de las Crónicas de Narnia y Mero Cristianismo entre otros) escribió un interesantísimo libro titulado “Cartas del Diablo a su sobrino”. El libro constituye una serie de cartas con consejos y orientaciones de un diablo mayor a un principiante para poder condenar el alma de una víctima. En este caso se trata de un joven inglés, que reside en Landres durante la II Guerra Mundial. El libro termina por ser una reflexión amena y divertida (pero no por ello superficial) de la naturaleza humana. Al final hablamos más de la humanidad que del cielo y del infierno. Es así que justo en la carta VIII el viejo demonio explica a su sobrino en que consiste la Ley de la ondulación: siendo los hombres espíritu y cuerpo (cosa que por cierto les parece aberrante a los discípulos de Satán) están permanentemente atados al tiempo y al mundo material como animales que finalmente son. Por lo tanto sus cuerpos, sus pasiones y fantasías materiales están cambiando permanentemente, en altas y bajas ondulatorias a lo largo de toda su vida. A los hombres por tanto les cuesta un enorme trabajo ser consistentes y todo lo reducen – para su entendimiento -al tránsito de fases o etapas: la adolescencia, la inmadurez, la crisis de edad madura. La ley de la ondulación es lo que explica la inconsistencia en lograr propósitos y lo que aparta a los hombres de su conciencia de eternidad. Todo aquel que ha intentado dejar de fumar sabe que un motivo interno y poderoso como el querer ser más saludable termina yéndose por la borda a la primera ondulación de condiciones materiales que te llevan a prender un cigarro de nuevo. Pero no todo está perdido.

El viejo demonio debe confesar que las etapas bajas de la onda ondulatoria, contrario a lo que pueda pensarse, ofrecen el espantoso peligro de que el hombre se fortalezca, casi pierda la esperanza pero refuerce la voluntad. Esa negación al último cigarro en medio de la discoteca es más peligrosa -a la vista de los demonios- que el fuerte propósito de dejar de fumar al inicio de año. Y es que no se puede tentar a la virtud, del mismo modo en que se tienta al vicio. Así pues, no se desanimen si no pueden dejar de fumar o dejar alguna otra mala practica en el primer intento o si ven que recaen continuamente. La inconsistencia humana ante la ondulación es un fenómeno natural. Y recuerde que siempre estaremos expuestos a las tentaciones infernales que querrán mantenernos encadenados y destruidos, mas de usted depende permanecer de pie o morir en el terreno.Les diré un secreto en orden de vencer las cosas que nos hacen daño…;nunca hable con el enemigo, distanciese de los lugares que el frecuenta y este siempre cerca de Dios, el enemigo querrá evitar a Dios a toda costa y por ende también a usted.

Dios les bendiga, rica y abundantemente.

“El Año Pasado”

calendariosrombicos_

“Enséñanos… a contar nuestros días.”
(Salmo 90:12)

Deja que todos los problemas,
pecados, y disputas del año pasado se vayan
con él. Para nuestros pecados hay perdón en la
sangre de Cristo. El próximo año traerá sus problemas.
No hay necesidad de traer los problemas del
año que ya o existe. Las disputas han perdido su
importancia.
Una pareja, impulsada por el amor, se había
casado. Se sentaban a la mesa y se abrazan. De
pronto ella sintió miedo. ―¿Viste? exclamó. ―Un ratón
entró al hueco allí a la derecha.
El la calmó. ―No te hará daño. Lo vi. Algo pequeño.
Entró al hueco de la izquierda.
Ella insistía que era el hueco de la derecha. El
usó su autoridad como esposo para hacerla entender
que él tenía razón; puede que hubiera sido en el
otro hueco. Se divorciaron a causa de esto.
Después de siete años de separación, los amigos
lograron que hiciera las paces. Se casaron de
nuevo y se sentaron en el mismo cuarto. Ella dijo:
―Qué estúpidos fuimos al haber peleado por un ratón
que entró al hueco de la derecha.

El gritó: ―¿Vas a empezar de nuevo? Se divorciaron
por segunda vez. Esta vez fue para siempre.
¿Son nuestras disputas menos ridículas que ésta?

Otro año ha pasado. Con un año más nos
acercamos a nuestra cita con Dios. ¿De qué valdrán
todas nuestras preocupaciones y conflictos que consideramos
tan importantes, en el día del juicio?
Examinemos cuidadosamente lo que fue impropio
el año pasado, y comencemos el nuevo año
con confianza. En el nuevo año tendremos: a Dios,
el Salvador, el Espíritu, el ángel protector. Podemos
estar confiados.

LA EFICACIA DE LA ORACIÓN

lewis
Por C. S. Lewis
Hace algunos años, me levanté una mañana con la intención de ir a
cortarme el pelo antes de hacer un viaje a Londres. Sin embargo, revisando mi
correspondencia, al leer la primera carta, comprendí que el viaje no era
necesario y decidí postergar la visita a la peluquería; pero en ese momento
comencé a escuchar una voz insistente y por demás extraña en mi mente. Me
decía: “Córtate el pelo de todas maneras. Tienes que ir”. La sensación llegó a
ser insoportable, en vista de lo cual obedecí la orden. En esa época, mi
peluquero era un cristiano con muchos problemas y en algunas ocasiones mi
hermano y yo lo habíamos ayudado. Apenas me vio entrar, exclamó: “Oh,
estaba rezando para que usted viniera hoy”. Y en realidad, si yo hubiera
aparecido al día siguiente, no habría podido resolver sus dificultades.
El hecho me impresionó y me sorprende todavía. Ciertamente, es
imposible demostrar la existencia de una relación de causalidad entre la oración
del peluquero y mi visita. Podría ser un fenómeno telepático o una casualidad.
Estuve junto al lecho de una mujer con un fémur invadido por el cáncer.
Su enfermedad se había expandido a otros huesos. Se necesitaban tres personas
para moverla en la cama. Según los doctores, moriría dentro de algunos meses;
según las enfermeras (que suelen saber más), al cabo de pocas semanas. Un
hombre bondadoso rezaba con sus manos en contacto con ella. Al cabo de un
año, la mujer caminaba (en subida, en el terreno escabroso de un bosque) y el
radiólogo comentaba al ver las últimas radiografías: “Los huesos tienen la
solidez de una roca. Es un milagro”.
En este caso, tampoco es posible una demostración precisa. La medicina
no es una ciencia exacta, como reconocen todos los doctores. Un error en sus
pronósticos no se explica necesariamente atribuyéndolo a un fenómeno
sobrenatural. Podemos creer en una relación de causalidad entre las oraciones y
la recuperación o negar esta posibilidad.

En este sentido, nos preguntamos de qué manera podría comprobarse la
eficacia de la oración. Si rezamos para que ocurra un hecho, ¿cómo saber si
habría sucedido de todas maneras? Aun cuando sin discusión haya sido un
milagro, no es consecuencia necesaria de nuestra oración. Por consiguiente, en
estas circunstancias es imposible contar con pruebas empíricas de carácter
científico.

La uniformidad invariable de nuestras experiencias demuestra la existencia
de ciertos fenómenos. Reconocemos la ley de gravitación porque observamos
sus efectos en todos los cuerpos, sin excepción. Ahora bien, aun cuando
sucedieran todas las cosas solicitadas por las personas al rezar, lo cual no
ocurre, el hecho no confirmaría lo que llaman los cristianos la eficacia de la
oración, porque una plegaria es una petición y como tal tiene un rasgo esencial:
a diferencia de la coerción, puede ser atendida o rechazada. Si un Ser
infinitamente sabio escucha las súplicas de criaturas finitas e insensatas, podrá
acceder en algunos casos y negarse en otros. El “éxito” permanente de la
oración no demostraría en absoluto la verdad de la doctrina cristiana, sino la
existencia de un elemento de carácter más bien mágico, una facultad de ciertos
seres humanos para controlar o dirigir el curso de la naturaleza.

Sin duda, en el Nuevo Testamento, algunos pasajes nos prometen en
apariencia satisfacer todas nuestras plegarias, pero en realidad no están
aludiendo a esta posibilidad. En el momento central de la historia, encontramos
un ejemplo evidente de lo contrario. En Getsemaní, el más santo de todos los
suplicantes pidió tres veces al Padre apartar de Él un cáliz, pero sus ruegos no
fueron atendidos. Por consiguiente, descartemos la idea de que al
recomendarnos la oración nos han ofrecido un recurso infalible.
En otros fenómenos, no es suficiente la experiencia y se requieren esas
prácticas artificiales llamadas experimentos para verificarlos. ¿Podemos aplicar
este procedimiento con la oración? No tomaré en cuenta la prohibición
impuesta a los cristianos de participar en un proyecto de esta naturaleza: “No
debéis hacer experimentos con Dios, vuestro Maestro”. En todo caso, ¿existe
esta posibilidad?
Un grupo de personas (tanto mejor cuanto más numeroso) podría rezar la
mayor cantidad de tiempo posible durante un período de seis semanas por
todos los pacientes de un Hospital A y por ningún enfermo de un Hospital B.
Al final, se observarían los resultados para comprobar si ha habido más
curaciones y menos muertes en el Hospital A. Por otra parte, sería necesario
repetir el experimento varias veces en diferentes lugares para descartar la
incidencia de factores no pertinentes.

A mi modo de ver, en estas condiciones sería imposible una oración
verdadera. “Las palabras sin pensamientos no llegan al cielo”, dice el Rey en
Hamlet. Si sólo repetimos palabras, no estamos rezando. En estas condiciones,
también podríamos utilizar un grupo de loros debidamente adiestrados para
nuestro experimento. No podemos rezar por la salud de los enfermos si no nos
interesa su restablecimiento. No tenemos motivos para desear solamente la
mejoría de todos los pacientes de un hospital, excluyendo los enfermos de otros
establecimientos. En este caso, no nos preocupa el sufrimiento de las personas,
sino el resultado del experimento. Existe una contradicción entre la verdadera
finalidad de nuestras oraciones y este objetivo específico. En otras palabras, no
estamos rezando, independientemente de lo que hagamos con la lengua, los
dientes y las rodillas. El experimento exige una actividad impracticable.
Por consiguiente, en este ámbito no es posible contar con pruebas ni
refutaciones de carácter empírico. Esta conclusión nos parecerá menos
desalentadora si recordamos que la oración es una petición y comparamos esta
acción con situaciones análogas.

Así como hacemos peticiones a Dios, también recurrimos a nuestros
semejantes. Pedimos la sal, solicitamos aumentos de sueldo, encargamos a un
amigo alimentar al gato cuando salimos de vacaciones o proponemos
matrimonio a una mujer. En algunas ocasiones, obtenemos lo solicitado, pero a
veces no lo conseguimos. En todo caso, cuando lo obtenemos, no es fácil
demostrar científicamente la existencia de una relación de causalidad entre la
petición y el resultado.

Tal vez el vecino se habría preocupado del gato aun cuando hubiéramos
olvidado pedírselo. Si el empleador sabe que otra empresa puede ofrecernos un
mejor sueldo, estará mejor dispuesto que nunca a conceder un aumento y es
posible que lo hubiera hecho de todas maneras. En cuanto a la mujer que acepta
casarse, ¿podría haberlo decidido con anterioridad? Tal vez la proposición no
es la causa, sino el resultado de su decisión. Una conversación importante
sobre el tema podría no haber tenido lugar si ella no lo hubiera deseado.
En consecuencia, en cierta medida tenemos la misma duda en cuanto a la
eficacia de nuestras oraciones a Dios y a la importancia de nuestras peticiones a
las personas. Siempre existe la posibilidad de haber obtenido los mismos
resultados de todas maneras. En todo caso, la duda es similar nada más que en
cierta medida. Nuestro amigo, el jefe y la mujer pueden decirnos que actuaron
porque nosotros lo solicitamos, y tal vez, si los conocemos suficientemente,
tenemos la certeza de que son sinceros y conocen sus propias motivaciones, de
tal manera que nos han dicho la verdad. Sin embargo, en estos casos no hemos
adquirido esta certeza gracias a los métodos científicos. No hemos hecho un
experimento de control, rechazando el aumento de sueldo o rompiendo el
compromiso, para luego hacer de nuevo la solicitud. Esta forma de
comprobación es muy diferente al conocimiento científico; es el resultado de
una relación personal y no tenemos certeza porque conocemos ciertas
características de esos individuos, sino porque los conocemos a ellos.
De la misma manera se adquiere la convicción -si es posible tenerla- de
que Dios siempre escucha nuestros ruegos y en algunas ocasiones los satisface,
y los favores concedidos no son puramente fortuitos. No tiene sentido observar
los éxitos y fracasos y llegar a la conclusión de que los éxitos son demasiado
numerosos para atribuirlos al azar. Si conocemos bien a una persona, sabemos
en qué circunstancias hace algo porque se lo han pedido. Si conocemos bien a
Dios, sabemos que me sugirió visitar al peluquero porque él había rezado.
Pero estamos enfocando el tema en forma indebida y en un nivel
inadecuado. La pregunta “¿Da resultado la oración?” nos sitúa en un punto de
vista equivocado. “Da resultado”: estas palabras sugieren un elemento mágico
o una máquina con un funcionamiento automático. La oración es una gran
ilusión o un contacto personal entre seres embrionarios e incompletos
(nosotros) y la Persona absolutamente concreta. La petición es una pequeña
parte de la oración; la confesión y la penitencia constituyen su umbral, la
adoración es su santuario, y la presencia, la visión y el goce de Dios son el pan
y el vino de este acto en el cual Dios se muestra al hombre. Su respuesta a las
plegarias es un corolario de esta revelación (no necesariamente el más
importante). Su obra emana de Su esencia.

No obstante, la oración petitoria es permitida e impuesta: “Danos el pan de
cada día”. Sin duda, en este sentido existe un problema teórico. ¿Es posible
creer que Dios en verdad modifica su acción en respuesta a las sugerencias de
los hombres? La sabiduría infinita no necesita instrucciones y la bondad
infinita no requiere recomendaciones para hacer el bien. Del mismo modo,
Dios no necesita la intervención de agentes finitos vivos o inanimados. Él
podría, si quisiera, mantener de manera milagrosa nuestros cuerpos, sin
alimentos; o darnos de comer sin recurrir a agricultores, panaderos y
carniceros; o enseñarnos sin ayuda de hombres instruidos; o convertir a los
bárbaros sin misioneros. Sin embargo, permite al suelo, al clima, a los animales
y a los músculos, mentes y voluntades de los hombres cooperar en la
realización de sus designios. “Dios -decía Pascal- creó la oración para otorgar a
sus criaturas la dignidad de la causalidad”; pero Él no sólo nos otorga esa
dignidad en la oración, sino en todos nuestros actos. No es más ni menos
extraño que mis oraciones incidan en el curso de los acontecimientos al igual
que el resto de mis actos. No influyen en la mente de Dios, es decir, en su gran
proyecto; pero ese proyecto se realiza de diferentes formas, determinadas por
las acciones de las criaturas, incluidas las oraciones.

Al parecer, Dios siempre puede delegar sus obras a las criaturas. Nos
ordena hacer con torpeza y lentitud lo que Él podría llevar a cabo con
perfección y en un abrir y cerrar de ojos. Nos permite descuidar o abandonar
las tareas que nos ha encomendado. Tal vez no comprendemos como es debido
el problema de la coexistencia del libre albedrío de los seres finitos y la
Omnipotencia, que en todo momento parece requerir una especie de abdicación
divina. No somos puramente individuos receptivos o espectadores. Nos
conceden el privilegio de participar en el juego, nos impulsan a colaborar en la
obra, “utilizando nuestros pequeños tridentes”. ¿Constituye este proceso
asombroso la manifestación de la Creación en presencia nuestra? En esta forma
(no es asunto de poca importancia), Dios crea a partir de la nada (y por cierto
crea dioses).

A mi modo de ver, así están dadas las cosas. Ahora bien, en el mejor de los
casos sólo puedo expresar estas ideas recurriendo a un modelo intelectual o a
un símbolo. En estos temas, todo lo que digamos es sólo analógico o alegórico.
Sin duda, no es posible percibir la realidad con nuestras facultades mentales.
Con todo, podemos describirla mediante analogías o parábolas de gran
pobreza. La oración no es una máquina, no es mágica ni es un consejo dado a
Dios. Al igual que todos nuestros actos, el hecho de rezar no debe estar al
margen de la obra permanente de Dios, en la cual operan todas las causas
finitas.

Cometeremos un error aún más grave si pensamos que existe una especie
de favoritos de la corte, con influencia en el trono, porque a algunas personas
se les otorga lo que piden al rezar. En respuesta, es suficiente recordar el
rechazo de las súplicas de Cristo en Getsemaní: A propósito, no puedo omitir
una gran verdad que en una ocasión escuché decir a un cristiano con gran
experiencia: “He sido testigo de muchas plegarias acogidas de manera
impresionante y en más de una oportunidad la situación me pareció milagrosa.
Sin embargo, estos favores en general son concedidos al comienzo: antes o
poco después de una conversión. Con posterioridad, es normal que sean más
escasos en la vida de un cristiano. Por otra parte, las negativas no sólo son más
frecuentes, sino también más evidentes y categóricas”.

¿Abandona Dios a sus mejores servidores? El más leal de todos ellos
pronunció estas palabras al borde de su atormentada muerte: “¿Por qué me has
abandonado?” Cuando Dios se hace hombre, ese Hombre, en el momento de
mayor necesidad, recibe menos ayuda del Padre que ningún otro. Aun cuando
estuviera en condiciones de explorar este misterio, yo no tendría valor para
hacerlo. Entretanto, es preferible que las personas más pequeñas, como
nosotros, eviten conclusiones apresuradas en provecho de sí mismas si reciben
favores inesperados en respuesta a sus oraciones. Si fuéramos más fuertes, tal
vez nos tratarían con menos suavidad. Si fuéramos más valientes, tal vez nos
enviarían a defender puestos mucho más difíciles en la gran batalla, con una
ayuda considerablemente menor.

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